Una campana, una cuerda y veinte risas: empieza el recreo.
María
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"Un viaje a la infancia"
Hay libros que no se leen, se viven. Este fue uno de ellos. Desde la primera página sentí que algo se abría dentro: una mezcla de nostalgia, alegría y ganas de levantarme del sofá. Cada capítulo me llevó directamente a esos recreos interminables donde el tiempo no existía y todo giraba en torno a correr, reír y compartir. La lectura es ágil, cercana y muy visual; casi podía escuchar las risas, sentir el polvo en las rodillas y notar esa emoción tan pura de jugar sin pensar en nada más. Lo que más me atrapó fue cómo consigue conectar con recuerdos que creía olvidados y, al mismo tiempo, hacerlos actuales. No es solo un repaso de juegos, es una invitación a mirar la infancia con otros ojos y a valorar lo simple. Me dejó una sensación muy bonita al terminar, como si hubiera hecho una pausa consciente en medio del ritmo diario. Es de esos libros que te sacan una sonrisa constante y que, sin darte cuenta, te recuerdan lo importante: disfrutar, moverse y compartir momentos reales. Ideal para leer despacio y dejar que despierte emociones auténticas.
"Volver a jugar de verdad"
Hay libros que no se leen solo con los ojos, sino con el cuerpo y la memoria. Este fue uno de ellos. Desde las primeras páginas sentí una mezcla de nostalgia, alegría y ganas inmediatas de levantarme de la silla. Cada capítulo es como abrir la puerta a un recreo eterno, de esos donde el tiempo no importaba y la risa mandaba. Me sorprendió lo fácil que es reconocerse en sus escenas: las carreras, las reglas inventadas, los tropiezos, las carcajadas compartidas y esa felicidad sencilla que hoy parece tan lejana. La lectura es ágil, cercana y muy visual. No hay prisas ni artificios, solo el placer de recordar y de imaginar a niños (y adultos) volviendo a moverse, a jugar y a conectar sin pantallas de por medio. Me gustó especialmente cómo transmite la emoción del juego colectivo, esa sensación de pertenencia y de libertad que se queda contigo incluso al cerrar el libro. Es una invitación sincera a recuperar lo esencial y a compartirlo con otros. Un libro que se disfruta, se revive… y dan ganas de poner en práctica.
"Un libro necesario para la infancia"
Este libro no habla solo de juegos. Habla de una manera de estar en el mundo que, sin darnos cuenta, se va perdiendo. Saltar la comba, jugar al escondite, dibujar la rayuela en la vereda, correr hasta escuchar los propios latidos del corazón. La autora recorre cada juego paso a paso, pero lo hace desde un lugar íntimo. No se limita a decir cómo se juega, sino qué se siente al jugarlo: la ansiedad antes de que te encuentren, la alegría de ganar, la frustración controlada, la complicidad con los amigos. A medida que uno avanza, no solo entiende los juegos, sino que empieza a recordar los propios. El libro despierta una memoria que no es solo mental, sino corporal: el cuerpo casi recuerda cómo saltaba, cómo corría, cómo se escondía. Es un libro para leer con los hijos, pero también para regalar, para guardar y volver a leer para despertar viejas emociones. En una época dominada por las pantallas, esta obra funciona como un recordatorio delicado de que la infancia puede ser otra cosa: un espacio de juego real, de vínculos, de descubrimiento.